Cuando Las Cachúas pagaban arbitrios

Por Welnel Darío Féliz
Tal vez pocos recuerdan que alguna vez para poder vestirse de Cachúa, había que pagar arbitrios municipales. Por ordenanza número 5, del 3 de abril de 1968, el ayuntamiento dispuso que las personas que se enmascaren, sean mayores o menores de edad, debían pagar veinticinco centavos los primeros y quince los segundo y si no lo hacían debían ser perseguidos por la policía y pagar una multa de entre uno y cinco pesos o entre uno y cinco días de prisión. A los que decidieran vestirse les era entregado un número que debían colocar “en una parte visible de la careta o antifaz”.
A partir de este año y hasta 1973 se aplicó esta ordenanza, lo que obligaba a la gente a registrarse. Para tales fines el ayuntamiento habilitó un libro registro, en el que hacía constar el nombre y familia relacionada, condición o número de cédula y dirección o barrio. El documento resultante es una verdadera cantera documental, que permite identificar, por lo menos, quienes obtuvieron su autorización. Trabajados, los datos pueden ser reveladores, pues permitirían ubicar familias tradicionales cuyos miembros han formado parte constante de la festividad, así como la participación de menores, procedencia e incidencia barrial. Hay que hacer notar que, aunque existía la obligatoriedad, no todos pagaban los arbitrios y se sabe por la oralidad que, dada la euforia colectiva, los registros no son un indicativo de la realidad de los que se disfrazaban.
Nota: En la foto aportada puede observarse una incongruencia en las fechas de la ordenanza. En la imagen aduce un error, puesto que la disposición es del 3 de abril, no del 10.
Dado el poco espacio para su desarrollo, me enfocaré solo en dar algunos detalles y para ello he escogido el registro de 1968, primer año de apertura del libro. En la ocasión el total de inscritos fue de 295, dentro de los cuales 229 eran menores de edad, en un porcentaje cercano a un 76% del total. En una rápida mirada a los inscritos resaltan algunos nombres. El primero en cumplir con tal requerimiento fue Alfredo Féliz, seguido de Marcelino Féliz y José Mercedes Féliz (José), todos adultos. Varios menores resaltan, entre ellos: El Mudo de Quetén, quien estaba cercano a los 16 años y mi tío Fernando Féliz con la misma edad. Pude identificar rápidamente tres personas con menos de diez años: Jorge Luis Feliz, hijo de Isidora, César Bolívar González (Cesarín) y Onofre Alba (Onofrín), quienes tenían entre 8 y 9 años, sin que conozca, en la ocasión, la fecha exacta de cuando nacieron (puede que sus familiares puedan aportarlo).
La procedencia fue muy variada, incluso de pueblos circundantes. De lo que he denominado centro del pueblo, que abarca las calles: Gastón F. Deligne, Duarte, 27 de Febrero, San Andrés, Independencia, Sánchez, 16 de agosto, Padre Billini, Enriquillo y presidente Báez (incluí a la Libertad), el total de los que acudieron a pagar sus arbitrios fue de 87. Asimismo, 58 de La Peñuela, 20 de El Guayuyo; 10 del Pueblo Arriba y 17 del Majagual; por igual, 33 de Tierra Blanca, 11 del Pueblo Abajo y 10 de El Llano. Desde pueblos cercanos se integraron: 20 de Cachón, 2 de Las Salinas, 1 de Habanero, 1 de Barahona, 5 de Naranjo, 4 de La Lista y 9 de Polo. Ya en estudios posteriores y en otras publicaciones profundizaremos.