UNAS PALABRAS PARA DESPEDIR A MI PADRE A: Juan Piñeyro

UNAS PALABRAS PARA DESPEDIR A MI PADRE A: Juan Piñeyro
por Eladio Uribe
28 noviembre 2020
Mi padre nació en mayo de 1922, en plena invasión militar norteamericana y falleció ayer. En ese momento una parte de mi se desprendió y aquí estamos incompletos…
Yo adoraba a este hombre. Aprendí a amarlo con sus defectos, porque él fue capaz de dar todo lo que sus posibilidades le permitieron. Era mi padre y padre de muchos que, como yo, deberán sentirse sumamente orgullosos de haber sido engendrados por Juan Piñeyro, un chofer, mecánico, carpintero y casi analfabeto; que, sin embargo, fue un ejemplo de fortaleza, trabajo, integridad, perseverancia y responsabilidad. Sin lugar a duda, esos comportamientos fueron la fuente de su durabilidad en el tiempo y será eterno en nuestros corazones.
Ayer, cuando tuvo su último suspiro, cumplía también 98 años y 6 meses de haber estado en este mundo terrenal. Yo vine a verlo con la esperanza de hacerlo sonreír, escuchar su voz y conseguir alguna de las anécdotas que su siempre espectacular memoria me confiaba. Sin embargo, sólo escuché su silencio agonizante y algunos movimientos bruscos con los cuales determiné que me escuchaba. Partió de este mundo como los grandes mártires, sin echar un grito de dolor, sin quejarse, llamando a sus seres queridos idos primero.
Los últimos 25 años de su vida, los dedicó por entero a cultivar el amor de sus hijos y familiares más cercanos. Daba seguimiento a todos, visitaba a hijos, hermanos, sobrinos, amigos; aconsejaba a los nietos, sonreía ante las hazañas de éstos y donde quiera que llegaba era bien recibido por su manera de expresar y mostrar su solidaridad, apego, consideración. Incluso cuando peleaba con alguno, nunca lo hizo con la idea de imponerse, crear rencor o quitar libertad, sino con la perfecta intensión de ayudar o atraer a su cercanía, aunque alguno no lo entendieran. Por eso todos lloramos su partida.
Con mi padre termina una generación de hombres y mujeres que escribieron con sus singularidades, la historia de conformación de las múltiples familias que hoy somos. Él fue el último peldaño de los hijos de Bernarda Piñeyro y José Suero, siendo Barahona la cuna donde se forjaron y ampliaron.
De este roble aprendí a resistir sin caerme. Supe que, si caigo y me levanto, la caída no existe. Si caigo y sigo tirado en el suelo, he perdido dos veces. Nunca se quebró cuando llegaron los períodos difíciles, porque simplemente encontró la fórmula para enfrentarse a ellos con tesón y valentía hasta superarlos. Creo que mi padre se convirtió en un ejemplo para la solución de las complicadas crisis por las que atravesamos en el mundo de incertidumbre y desasosiego de ahora.
También aprendí de él, la importancia de conocerme a mí mismo, saber mis fortalezas, debilidades y enfocarme en lo que es más importante. Todavía viejo y sin vista, mantenía la energía por todo lo alto, pudiendo mover camas, martillar puertas y cambiarse por sí mismo.
Juan Piñeyro también fue un gran resiliente. Pasó por las duras penas de ver morir varios de sus hijos, pidió con fortaleza ayuda cuando se estaba muriendo su esposa, sintió el asesinato de uno de sus nietos y la muerte de una de sus nietas; sin embargo, al día siguiente se disponía a reorganizar a los que estaban vivos, con la firme convicción de seguir adelante estableciendo nuevos parámetros de vida, aunque siguiéramos amando a los que partieron.
No llegó a saber que su hijo mayor, mi amado hermano Juan Amado, al que todavía la pandemia no nos ha dejado realizarle un funeral, se fue antes o que otro de su nieto, tuvo un fatal accidente que le quitó la vida. Pensábamos que al no decirle lo preservábamos.
No tuvo grandes riquezas, pero sembró todo cuanto pudo, acorde con sus capacidades, a través de las relaciones, el seguimiento y el deseo de que cada uno labrara lo necesario para vivir en el futuro. Nunca lo vi cometer exageraciones. Por ejemplo: no comía como loco, no gastaba todo lo que conseguía, nunca estuvo preso por tramposo o maltratador y salvo contadas excepciones, no estaba fuera de su casa a altas horas de la noche.
Como soy creyente de que el cuerpo es materia y la materia no muere, sólo se transforma, sé que mi padre ha pasado a otro estadio de la existencia donde continuará, cual orfebre, hilvanando soluciones y aportando a la alegría. Su alma estará en el mejor lugar, porque su obra por aquí fue de construcción no de destrucción. Además, supo perdonar, nunca hizo expresión de guardar rencor o sentir dolor por las cosas incorrectas hechas por otros.
Vete en paz roble, padre mío, Juan Piñeyro. Por aquí dejaste luz. Por ello tu farol seguirá alumbrando mente y corazones con memoria suficiente para no olvidarte nunca. Sembraste mucho y la parte más importante de tu siembra cayó en buena tierra desde donde continúa fructificando, multiplicándose, expandiéndose por todos los lugares a través de tus hijos, nietos, biznietos y tataranietos, para tu orgullo y honra.
Gracias por existir amado papá, mi pai, te amé y siempre te amaré
Muy agradecido de todos los familiares, amigos, vecinos y relacionados que nos han acompañado de manera presencial en estos momentos de dolor, a pesar de la dura situación por la que atraviesa la humanidad. Gracias también, a todos los que nos han enviado muestras de solidaridad y aliento por todas las vías de comunicación posible. En mi nombre y en el de todos mis hermanos, hijos y sobrinos, les mando un fuerte abrazo.

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