El mejor escritor del Oeste era español…Marcial Lafuente Estefanía

 
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Por  Julián DÍez/ fuente: El mundo.es
fotografías de Ernesto Caparrós

Detrás de la firma M. L. Estefanía hay una historia familiar de creadores dedicados a las novelas de vaqueros. No fue sólo uno, Marcial Lafuente, el fundador, quien las escribió, sino también sus hijos. Hoy, uno de ellos, Federico, y su nieto siguen creando y publicando «westerns» bajo este seudónimo, con el que se han vendido más de 50 millones de ejemplares. 

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Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que de la portería de una finca, de la guantera de un taxi o del bolsillo de un mono de trabajo asomaba una novelita, no un reproductor de música o una consola portátil. Marcial Lafuente Estefanía fue el rey de un grupo de obreros de la imaginación capaces de escribir una novela a la semana, creando un legado poco conocido para el público literario, pero aún venerado por miles de seguidores.
Federico Lafuente, el hijo de Marcial, mantiene algo más que vivo el legado de su padre. Al fin y al cabo, desde 1958, las novelas firmadas por Estefanía eran escritas indistintamente por Marcial o por alguno de sus dos hijos, Federico y Francisco. Tras el fallecimiento de este último, su hijo, también llamado Francisco, se unió al equipo familiar. De esta forma, tras 64 años de historia, bajo el seudónimo Estefanía se han publicado más de 3.000 títulos, con picos de tiradas de 100.000 ejemplares en las primeras ediciones de su época de gloria (entre finales de los 50 y los 60), para elevar más allá de los 50 millones de ejemplares el total de «novelitas de a duro» vendidas por este autor.
¿Por qué Estefanía triunfó por encima de Silver Kane, de Lou Carrigan o de Alf Regaldie, algunos de los seudónimos más conocidos en el western de la novela popular española? Para Federico Lafuente –que a los 75 años sigue escribiendo de dos a tres obras mensuales– hay un «estilo Estefanía» reconocible. «Durante la guerra, mi padre coincidió con Enrique Jardiel Poncela, que le dio un consejo: escribe para que la gente se divierta, es la única forma de ganar dinero con esto. Y así lo hizo. Desde el principio, buscó que sus novelas fueran lo más amenas posible, haciendo hincapié en los diálogos, y con unos modismos muy característicos». Frases llenas de desafíos… de gatillos fáciles, Colts y Winchesters disparados a quemarropa, mujeres de vida alegre y pendencieros que provocan al sheriff. «A mi hermano, al principio, le atraía más probar con descripciones y ese tipo de cosas. Pero la gente lo notaba; decían ‘esto no es Estefanía’. Y Francisco, siguiendo las pautas de mi padre, terminó asimilando el estilo. Ahora, yo aconsejo a su hijo para que siga el mismo camino».
A diferencia de otros grandes nombres de la literatura popular, Marcial Lafuente sí conocía el lugar sobre el que escribía. Hijo de un periodista y escritor, estudió Ingeniería industrial, y su trabajo le llevó a visitar Estados Unidos a finales de los años 20. Su actividad profesional se vio interrumpida por la Guerra Civil, en la que fue general republicano en el frente de Toledo. Tuvo la posibilidad de huir, pero prefirió quedarse en España e ir a la cárcel, lo que de hecho estuvo a punto de costarle la vida. Fue en prisión donde comenzó a escribir más continuadamente, aprovechando trozos de papel que conseguía aquí y allá. Ya en la calle, comenzó a publicar en una pequeña editorial de Vigo, Cíes, inicialmente obras policiacas o románticas. La primera del oeste publicada, La mascota de la pradera (1943), le permitió encontrar una temática propia, con una voz reconocible.
Relaciones «informales». La fortuna, pero también el encasillamiento en un tipo de obra concreta, le llegó al entrar en Editorial Bruguera. Esta casa, desaparecida en los años 80 tras un notorio escándalo financiero, construyó un imperio literalmente transatlántico de las letras, cimentado en dos éxitos indudables: las novelas de a duro y los tebeos, con Francisco Ibáñez (creador de Mortadelo y Filemón) y Estefanía como principales, aunque mal pagados, paladines. «La relación era totalmente informal», recuerda Federico. «Entonces no había derechos de autor, se cobraba por novela entregada y no había forma de saber lo que ganaban con nuestro trabajo. Ni siquiera nos informaban de las traducciones, sólo sé que sacaron algunas en Brasil. A cambio, había también una relación familiar. Cuando necesitabas dinero para la entrada de un piso o para un coche se lo pedías y luego te lo iban descontando en las sucesivas novelas que publicaban».
Dentro de esos parámetros, la productividad de Marcial Lafuente y el éxito de venta de sus novelas le permitían llevar una vida desahogada, incluyendo la compra de una casa en el lugar que más amó, Arenas de San Pedro, en la falda de la sierra de Gredos abulense. Marcial se levantaba a eso de las cuatro de la mañana y escribía hasta la hora del aperitivo. Después de comer, aún trabajaba un rato. La incorporación de los hijos al negocio familiar tuvo un origen casual. En unas vacaciones, unos amigos apostaron con Federico, cuando tenía poco más de 20 años, que no sería capaz de escribir una novela como las de su padre. El chaval se puso a la labor y le entregó la novela luego a Marcial para que la juzgara. El padre no respondió durante semanas, hasta que un buen día le entregó a Federico la novela, ya publicada y firmada por Estefanía. «No lo interpreté negativamente. Entonces, nadie sabía quién era Estefanía; las novelas se firmaban M. L. Estefanía. Mi padre me dijo: ‘¿Para qué hacernos la competencia, si podemos ganar más dinero juntos?’. Y así comenzó nuestra colaboración».
Todo queda en casa. Los hijos se integraron por completo en la labor emprendida por su padre. La mímesis llegó a ser tan estrecha que, años después, los propios protagonistas no conseguían ponerse de acuerdo sobre quién había escrito cada novela. «Buscábamos en la libreta de personajes en las que íbamos añadiendo las historias que le ocurrían a nuestras creaciones, para ver quién había añadido qué». La confusión ante tantos libritos se hacía especialmente delicada en lo referente a los títulos. «Casi, casi, lo más difícil era encontrar un buen título, y que no lo hubiéramos usado ya». El asunto de los títulos dio incluso lugar a algunas anécdotas tan curiosas como la que se produjo un verano, cuando toda la familia veraneaba en Galicia. «Nos llegó una carta urgente de Bruguera. Era una portada, con su ilustración y un título, que habían impreso ya. Nos pedían con urgencia el texto para rellenar las tripas. Mi padre me dijo que ésa me tocaba a mí. Me la escribí en 24 horas sin parar, sin dormir. Jamás repetiría algo así», recuerda Federico.
En los años 70, el misterio se desveló: a pesar de los rumores de que M. L. Estefanía era María Luisa Estefanía, un ama de casa asturiana con gusto por los vaqueros, la realidad resultó ser más prosaica. En ese periodo, la «novela de a duro» era aún un mercado floreciente. Estefanía tuvo ofertas para trabajar con otra editorial, creada por un empresario venezolano, pero Bruguera intervino y logró recuperar a su autor estrella con 50 millones de pesetas –de la época– trasvasados entre editoriales para resolver el asunto. Sin embargo, ésa era fue el fin del bolsilibro, devorado por otras formas de cultura popular, como la televisión o los transistores de radio. Aunque las novelas de Estefanía nunca desaparecieron del mercado, las ventas cayeron poco a poco por debajo de los 10.000 ejemplares.
Resulta difícil saber si esa vida de artesano, jamás reconocido, le era totalmente satisfactoria. Su familia asegura que nunca dio la sensación de importarle el menosprecio hacia su trabajo por parte del mundillo literario, la falta total de reconocimientos incluso a nivel popular. Pero lo cierto es que intentó publicar sin éxito una novela seria, El maleficio de Toledo, fruto de sus notables conocimientos históricos sobre su ciudad natal. Y se dice –aunque entre tantas novelitas sea complicado demostrarlo– que tomó algunos de los argumentos de sus westerns de las obras del Siglo de Oro español, que conocía bien; su padre, por ejemplo, había escrito un Romancero del Quijote. Marcial falleció en 1984, a los 81 años, dejando recuerdo entre cuantos le conocieron de persona entrañable y querida.
Federico, con todo, mantuvo en activo el sobrenombre familiar. Primero en Ediciones B y luego, cuando consiguió desvincularse de esta gran editorial, con la creación de una empresa propia, Ediciones Cíes (recuperando el nombre de la primera en la que publicó su padre). En ella, reeditan clásicos de Estefanía padre o nuevas novelas de su hijo y su nieto, al ritmo de una decena de títulos al mes, con 6.000 ejemplares de tirada y precio de 1,75 euros. «Nuestro gran problema es la distribución. Nos llegan cartas de gente que no encuentra las novelas, aunque saben que existen», explica Federico. Además, mantienen pleitos con otra editorial, Brainsco, que publica por su cuenta reediciones en Estados Unidos, apoyándose en un permiso que posteriormente anularon.
Entre los proyectos de Cíes está la entrada en Internet, en busca de un nuevo público que pueda acceder a versiones digitalizadas de las novelas de Estefanía. El hecho puede ser más relevante de lo que parece, puesto que en la Red se han ido reuniendo los seguidores de otros autores relevantes de las «novelas de a duro», que están siendo reivindicadas por aficionados de diferentes edades, algunos mucho más jóvenes que los que en los años 50 intercambiaban los títulos ya leídos en los quioscos por unos céntimos. El fenómeno tiene en parte su origen en el mayor respeto que las literaturas populares generan en otros países. En Estados Unidos, por ejemplo, han sido reivindicadas por Quentin Tarantino; el cartel de su película Pulp Fiction es el remedo de una de las revistas pulp (llamadas así por el papel de ínfima calidad que empleaban) que ofrecían material sensacionalista a los lectores de los años 30 y 40. Muchos de los personajes que hoy son iconos de la cultura popular –Tarzán, El Zorro, La Sombra, Doc Savage…– surgieron de aquel fermento, al igual que el cómic.
De esas revistas salieron escritores hoy tan reconocidos como Dashiell Hammett y Raymond Chandler (clásicos de la novela negra), o como Bradbury y Philip K. Dick (referentes en la ciencia ficción). Mientras, en España esta literatura popular caía en el descrédito hasta desaparecer.
Ediciones Cíes. Tel.: 965 650 115 El Campello. Alicante.
 

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