LA LASCIVIA, EL MODELO DE UNA SOCIEDAD PLURALISTA.

Frank zorrilla
Frank zorrilla
por Frank Zorrilla
Mis Queridos Hermanos y Amigos,

Para nadie es un secreto, que vivimos en un mundo cambiante, con una dinámica modernista, donde es normal, inclusive ver como meritorio, el advenimiento de la «sociedad pluralista». Una nueva concepción de la sociedad la cual es sinónimo de «emancipación» sobre las normas morales, dictadas o constituidas bajo los valores espirituales que la antigua y ahora «anticuada» sociedad (según la opinión de activistas, expertos en sociología) imponía y demandaba en el pasado.

En esta nueva sociedad pluralista y secular, se demanda y se reclama abiertamente y sin tapujos, la concepción y la aplicación a nivel generalizado, de ciertos derechos que se consideraban legítimos, sólo para cierto grupo dentro de la sociedad constituida. Me refiero al derecho del matrimonio: “La unión legal entre parejas heterosexuales”. Como se conocía anteriormente. En esta nueva sociedad pluralista, donde coexisten varias tendencias y modalidades, la nueva definición del matrimonio es: “La unión legal entre dos personas que se profesan amor”. Es decir, esta nueva definición está abierta explícitamente para abarcar la unión entre: “hombres con hombres” y “mujer con mujer”.

Intuimos por el párrafo anterior, que «reciclamos la lascivia del pasado»; volvimos a los tiempos de “Sodoma y Gomorra” y somos testigos presenciales de la imposición del hombre ante los mandatos divinos. Y respondió Jesús: «¿No habéis leído que el que los hizo al principio, “varón y hembra” los hizo? » (Mateo 19:4). Y continuó diciendo: «Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y ambos serán una sola carne» (Mateo 19:5). No existe una cita bíblica más explícita donde se relacione a los seres creados y la relación íntima que debe existir entre ellos; y al tergiversar esa unión entre estos dos seres, rompemos la fórmula por excelencia que obedece el mandato divino: “Henchid la Tierra” (Génesis 1:28). Mandato que tiene como objetivo esencial, el don de la procreación, como único medio de conservar la especie humana.
Después de ciclos de abandono a las prácticas abiertas en contra de las sanas doctrinas, el surgimiento de esta nueva «sociedad pluralista», le permite a estos grupos laicos, un realce dinámico donde pueden pregonar y vociferar su «orgullo homosexual» como una reivindicación de placeres que estaban encadenados a un laberinto de pasiones carnales, y donde la nueva sociedad pregona como: “La libertad de expresar su orientación sexual libremente” sin temor a represalias. Llamo: “reivindicación”, debido a que estos grupos, tenían una agenda definida, manteniendo un cabildeo incesante a favor de propuestas legislativas que garantizaran la imposición de sus demandas a través de las leyes establecidas. Un plan ingeniosamente ideado teniendo como escudo: ¡El respaldo que le confiere la legalidad judicial!
No obstante, ese logro a través de los sistemas establecidos, no sólo les permite exigir, demandar y defenderse tildando como posiciones homofóbicas, y de mentalidad retrógrada, a cualquier otro grupo que disienta de sus preceptos, sino también, les concede el poder para demandar por difamación a quienes se oponen a su activismo.
Esta nueva sociedad nos trae como consecuencia, modelos a seguir. La modalidad del «método espejo», es decir, la imitación o copia, usando como estratagema, personajes influyentes de los diversos aspectos sociales (deportistas, artistas de todos los géneros, etc.) para incitar a los jóvenes a copiar la orientación sexual, de estos, que ellos consideran ejemplos dignos de imitar. La otra modalidad, y esta, mucho más preocupante, es el «cambio de sexo», práctica que se ha convertido en algo muy popular en Los Estados Unidos de América, y donde un limitado, pero creciente número de niños y preadolescentes que creen estar atrapados en el cuerpo equivocado, están recibiendo tratamiento como parte de un programa para cambiar de sexo, según un reciente informe de la Academia Estadounidense de Pediatría (APP). Según esta misma organización, la población de personas con «desorden de identidad sexual» (DIS) se ha cuadruplicado, preocupando aún a los expertos en trastornos de la sexualidad.
Lamentablemente, nosotros los cristianos, no utilizamos eficientemente las herramientas democráticas disponibles, para hacer valer nuestros derechos. Fallamos al no participar activamente para derogar propuestas aberrantes que sean contrarias a los preceptos divinos, y sólo protestamos una vez, esas propuestas se han convertido en ley. «Al callar, otorgamos» y es precisamente, la razón por la que estos grupos, están conquistando sus propósitos pasivamente e imponiendo sus  intenciones lascivias y lujuriosas.
La Biblia nos narra, que en los tiempos de Pablo, de Santiago, de Pedro y de otros líderes cristianos, también existía el homosexualismo y las bajas pasiones. Sin embargo, ellos no tuvieron miedo para manifestar, denunciar y exhortar a los que practicaban tales abominaciones, a abandonarlas, por considerarlas antinaturales y contraproducentes a los designios de Dios. Pero hoy, el temor del cristiano moderno en esta creciente sociedad pluralista, corroe los huesos, al punto de llegar a intimidarse por el pujante auge que ha tomado nuestra perdida generación.
Es el tiempo propicio para defender lo que hemos creído. Es el tiempo propicio para echar mano al escudo y al pavés y levantarnos como seguidores de la sana doctrina. Es tiempo para proclamar lo dicho por la sierva Elena White: «La mayor necesidad del mundo es la de hombres que no se vendan ni se compren; hombres que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; hombres que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; hombres cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; hombres que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos» (La educación, p. 57)
¡Dios los bendiga y los guarde!

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