El dominicano y la palabra (política, literatura e intelectuales)

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MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN [mediaislaEl título de esta reflexión es falso, pues no existe un sujeto que sea todos los sujetos, pero lo salva la sinonimia y la convención: entendemos que estamos hablando del dominicano o de los dominicanos y que nos estamos refiriendo a él por una realidad sociocultural diferente.
Intento abordar este tema, para el cual debo valerme de una teoría del lenguaje, de una descripción que la lingüística nos provee. Trato de no complicar el asunto con tecnicismos. Pretendo hablar con claridad. Se trata de la relación que tiene el dominicano con las palabras. Relación que de una manera u otra me incluye. Cuando hablamos de la palabra no siempre nos percatamos que estamos hablando de una metonimia; es decir, del todo por la parte. Ya que la palabra es una unidad muy específica de significación, ella no tiene realización concreta, sino es dentro del sistema, el código, la frase y… lo que es más importante: el discurso tampoco existe sin el texto que es su intermediario. La palabra hablada es otro texto. Como el lenguaje es un conjunto de signos que los hablantes previamente conocen, el hablar marca una convención. Los hablantes convienen en algunos significados. No es del conocimiento la totalidad de lalengua, ella es siempre un hacerse. La primera realización o puesta en funcionamiento de la palabra se da en el habla; la escritura es otra de sus realizaciones. Ningún enunciado se da fuera de un contexto cultural que lo contiene y establece la diferencia entre lengua y lenguaje, es decir, entre la realización del hablante y su capacidad para emitir sonidos articulados. Todos hablamos, pero detrás de la palabra hay un contexto sociocultural y una ética que se impone. De ahí que la palabra está determinada por el código lingüístico y también por el código mayor que es el de la cultura.
No hay discurso sin sujeto, como tampoco hay sujeto sin ideología. La conciencia o inconciencia de este aserto no invalida que cada hablante expresa su cultura y su mundo y se ve en el discurso como en un espejo. En el discurso no hay neutralidad y ésta es más peligrosa cuando se intenta presentar como ausente. No existe relación entre las cosas y las palabras que las designan, solo una arbitrariedad que las liga culturalmente. Entonces, la lengua como la estudian los lingüistas, es una descripción que nos enseña a comprenderla, pero no dice mucho si no la vemos como discurso y como realización de un sujeto dentro de un contexto sociocultural y en un tiempo determinado.
El título de esta reflexión es falso, pues no existe un sujeto que sea todos los sujetos, pero lo salva la sinonimia y la convención: entendemos que estamos hablando del dominicano o de los dominicanos y que nos estamos refiriendo a él por una realidad sociocultural diferente. Aunque lo que es inherente a los dominicanos tal vez sea característico de otros grupos nacionales. Ante la imposibilidad de pensarlo a todos nos anima pensar a una parte y ahí tenemos otra metonimia. Si acaso podemos generalizar y sacar algunas ideas producto de comparaciones, extenderemos nuestros juicios.
Es imposible hacer historia. Pero la relación del dominicano con la palabra tiene momentos diferentes en varias épocas. Pensamos corrientemente que cuando se empeñaba la palabra se cumplía o que una humillación podría conllevar el despliegue de un acto tan fulminante como un duelo a muerte. Ya las ofensas no se dirimen en el campo del honor. Y nos parece que la palabra ha perdido su valor, y que ya no hay hombres honorables. La ética y la moral son productos de su tiempo. La palabra empeñada ya no tiene importancia porque el colectivo que le daba fuerza cambió. El mundo moderno ha puesto en el orden legal todo aquello que estaba en el orden del honor. La sociedad ha dejado de ser consuetudinaria para ser legalista. El legalismo marca otra relación ética con la  palabra, solo aquello que se prueba y lo que puede ser dirimido y aceptado por los actores jurídicos puede ser zanjado de cierta manera. Las leyes, los jueces, los tribunales establecen un juego en el que la víctima podría fácilmente ser el victimario… Entonces caemos en otro relativismo.
La relación del dominicano con la palabra es histórica. Hay un decir y un hacer. Hay un medio de verificar el cumplimiento de los acuerdos, de los contratos… pero no siempre los medios de verificación han sido los mismos. La palabra es una metonimia de una actividad que tiene como centro al sujeto, un sujeto escindido, un sujeto dominado por el poder, un sujeto en la miseria, debe tener una relación distinta a un sujeto independiente y libertario. La educación ha sido un factor importante en esta relación. La condición subalterna designa una manera muy particular del halar, del seducir, el discurso del débil contiene tretas de sobrevivencias…
Y creo que la relación de la palabra está dominada por esas tretas. En el terreno donde se puede notar esa argucia entre poder y palabra es en la política. Como reina de la cotidianidad y la conveniencia, la política es la actividad que despliega mayor cantidad de tácticas y estrategias en las que los sujetos refuerzan su voluntad de poder. La palabras en los políticos tienen la realización de un simulacro, la política misma es un escenario en el que los contenidos quedan vacíos, solo sobreviven los signos, pues hay un alejamiento entre la palabra y la práctica política. Los políticos ejecutan un operativo lingüístico seductor, enmascarado de una fascinación cleptómana, pues roba la representación el diputado que va a asambleas a representar sus intereses o a gobernar para un grupo. El voto que es un signo, una falsa representación se convierte en la moneda de cambio, en un robo, en una promesa, que las partes saben muy bien que no será cumplida y no hay ningún tribunal donde se pueda pedir una reparación. Solamente en la próxima asamblea (en cuatro años) el elector podrá castigar al malvado. Y si la oferta es como las acostumbradas, caerán en las manos de otro malvado y así infinitamente balan los pueblos sin que la democracia se realice. Esta es una de las palabras más falsas y más apreciadas de la modernidad política.
Esa relación entre palabra y promesa, discurso y seducción, poder, elector y democracia es lo que ha dominado en los últimos cincuenta años en la dominicanidad. Como no hay manera de verificar el cumplimiento de la palabra, como la sociedad es incapaz de sancionar lo correcto y lo incorrecto (lo que ella entienda dentro de ese ir y venir ético), el discurso del político es la realización de una conducta cínica, que deja en un cajón sin salida la posibilidad de una escapatoria ética y una mudanza de las prácticas de la palabra y el sometimiento del sujeto a una tabla de valores. La sociedad ha perdido esa lucha en la medida en que los actores sociales han dado como pérdida la posibilidad de restaurar la confianza y exigir el importe de la palabra empeñada por la política. Más bien, en su condición sociopolítica se conforman con una dádiva que el impetrante podría darles. De tal manera que la palabra y el voto sígnico se quedan como un quid pro quo. De suyo no existe la plena palabra, es decir, el discurso y su relación ética como empeño del sujeto.
Al político le está permitido mentir, como estableció Maquiavelo en El príncipe; hacer lo que le venga en ganas, siempre que diga que soluciona problemas o redime a las mayorías. Él es el portavoz; él sustituye voluntades y las colecciona para actuar en nombre suyo por cuadro años. Y si hay mayoría y minoría, o si pertenece a la primera, se envalentona en su falsa representación de las mayorías y obnubila la posibilidad de los otros. El poder se construye en una verdad representada y poco se puede hacer. El cinismo del actor político destruye toda posibilidad de reconfiguración, de utopía. Solo su hiperrealidad tiene presencia y todo lo demás es irracional, loco, peligroso…
Cuando la clase política se apodera del aparato legal, de las leyes, jueces, y tribunales, a estos les ocurren lo mismo; la ley se convierte en un juego de intereses, los jueces nombrados por los políticos cínicos, representan a sus benefactores, pues el cargo no está dado por su sabiduría ni por los logros alcanzados en su profesión, sino por la cercanía a cierto funcionario del ejecutivo o del legislativo, sea éste un hombre probo o un corrupto cínico que no tiene manera de demostrar la riqueza que ostenta. Como el sistema en que se mueven los jueces esreconvencionado, el juez debe pensar muy bien en qué candelero pone lo juzgado, a quien condenar o a quien archivar la causa. La justicia así es ciega o más bien ve lo que le conviene. Sin justicia no hay actividad que se asemeje a la ética y las palabras que la contienen son vacías.
Cuando el cinismo se apodera de la justicia y de los políticos y de éstos primero que de la segunda, las masas imitan y ven como normal, lo que desde arriba se modela. Las clases medias en busca de acomodo disfrutan los discursos vacíos y, en un tiempo como en el que vivimos, en donde el relativismo reina, todo valor ético se convierte en un puro relativismo. El discurso busca la culpa en el pasado y resulta que si el partido de la oposición lo hizo mal, hacerlo mal ahora se convierte en norma, pues lo que se discute no es el yerro o el desaguisado, sino que nadie puede hablar de moral porque los de la oposición y los del gobierno son iguales. Y esos análogos útilmente se cancelan. Por eso hacer ética en el mundo de la política sígnica y cínica no deja ningún resultado. Pueden confirmar lo que digo con el destino de Mario Vinicio Castillo, o con las comisiones de ética o con los organismos de lucha contra la corrupción. O preguntarse por el destino de la auditoria realizada al senador Amable Aristy.
En el próximo artículo trataremos este tema en relación a la literatura y los intelectuales. | maf, cagua, prtrabajosparafornerin@gmail.com
Fuente: http://mediaisla.net/revista

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