Un dilema Universal: "Ser o no ser"

Por Frank Zorrilla
Mis Queridos Amigos y Hermanos,
¿Cuántas veces nos ha asaltado el terrible dilema que inmortalizó William Shakespeare: “Ser o no ser”? Como seres humanos, nos sentiremos atrapados en la incertidumbre de nuestras propias facultades cognitivas y no sabremos con exactitud, que somos en realidad. ¿“Somos lo que aparentamos ser, o por el contrario, sólo nos limitamos en parecer”?, ¿Somos genuinos y nuestras acciones en sí reflejan nuestro verdadero carácter?, ¿Es nuestra personalidad, una personalidad atrayente basada en las cualidades de nuestro espíritu, en el acerbo de nuestra cultura, pero sobre todo, en virtudes puramente cristianas; aquellas virtudes que se elevan al cielo con cada uno de nuestros actos y nuestras palabras?
Muchas veces nos encontraremos con personas cuyas vidas se han caracterizado por ser sólo una ficción de un personaje que no existe en la realidad. Representan una imagen transitoria fundamentada en una exitosa apariencia de lo que se destaca a simple vista. Son sólo actores y actrices personificando una escena ficticia de una vida en cortometraje. Más, en el interior de sus almas, encontramos un vacío espiritual inmenso apabullado por la circunstancias de una nebulosa material fatalista.
Nos dejamos guiar por las circunstancias y  como energía fractal, respondemos bajo la influencia de lo que es común dentro de la sociedad. Nos olvidamos de la humildad, y la opulencia toma dominio. La ingratitud y la hipocresía se hacen las virtudes prácticas como medio de sociabilidad. De una sociabilidad de un “mundo al revés” en donde impera la deshonestidad y los bajos sentimientos. Desafortunadamente y en muchas ocasiones, confiamos y nos dejamos influenciar ciegamente por personas cuyo prestigio y renombre, le han dado un sitiar preferencial dentro de la sociedad, otorgándoles autoridad para enunciar ciertos postulados. Pero nos olvidamos, que como nosotros, son seres falibles que carecen de absolutismo  por lo que están expuestos a errar o equivocarse. Me viene a la memoria el gran filósofo y naturalista Aristóteles, quien vivió 384 años antes de Cristo. Este filósofo griego consideró y  definió “la Araña” como: “un pequeño insecto de seis patas”. Por dos mil años, la entomología (ciencia que es parte de la zoología que estudia los insectos), consideraba este “arácnido” como un insecto de seis patas, hasta que el naturalista Jean Lamarck en 1809 descubrió y publicó en su libro: “Filosofía Zoológica” que el gran Aristóteles se había equivocado dos veces. No sólo la araña poseía 8 patas en vez de 6, sino que además, no era “insecto” sino más bien, “Arácnido”. La sabiduría humana es útil, pero es falible e incompleta, sobre todo cuando descartamos a Dios. Bien cuenta el relato de Denis Cochín, cuando preparó un estudio sobre Química y lo presentó a Louis Pasteur (considerado como el padre de la microbiología moderna). El trabajo comenzaba con las palabras: “Se sabe que…”
–          ¿Qué es lo que se sabe?- interrumpió Pasteur al leer el artículo.- No se sabe nada.
–          ¡Pero, señor- contestó Cochín- lo que he citado es un trabajo de usted!
–          No importa- replicó Pasteur. – Yo podría haberme equivocado. Empiece usted de nuevo.
¡El único que sabe de verdad es el gran YO SOY, Dios!
Lo que significa que, PrimeroNo debemos dejarnos arrastrar, copiar o seguir ejemplos de otras personas aunque estas gocen de gran reputaciónSegundo: No importa el tiempo que transcurre una falacia o engaño, el tiempo no cambia el error de la verdad, porque la verdad siempre saldrá a la luzTercero: No necesariamente porque la mayoría crea en algo, significa que ellos conocen y poseen la verdad. Porque la mayoría puede estar equivocada. En este caso de Aristóteles, la mayoría de la gente creía ciegamente en lo que él había enunciado. Cuarto: Debemos estar seguros de lo que creemos. Se ha comprobado que no necesariamente tenemos que seguir una tradición porque nuestros ancestros nos hayan transmitido esos conocimientos. Porque ellos pudieron estar equivocados.  
Bien lo dice el viejo adagio, “La piedra falsa puede no diferenciarse mucho en su apariencia de la verdadera, pero para el ojo experto, no habrá confusión posible. En todo caso, y en el momento de prueba, la falsa será falsa y la verdadera saldrá a relucir.” Existen señales, señales en nuestro comportamiento y carácter que son inalterablemente sólidas e irrefutables. Las cuales servirán de marco para reconocer; tanto en otros, como en nosotros mismos el ilusionismo de una verdad falaz atesorada como gema preciosa, o por el contrario, el genuino y sincero carácter a imagen de la personalidad divina representada en Cristo, cuando dice: “Yo soy”. Expresión que abarca la infinita, todopoderosa y eterna personalidad de Dios a través de sus actos y obras.
Siguiendo el ejemplo de Jesús y de sus mandatos, es como podemos “ser”, en lugar de sólo “parecer”. Debemos ser: Humildes, cordiales, mansos  y temer a Dios para fuente de sabiduría. Esta sabiduría nos ayudará a ser útiles. Tanto para respetar a Dios y cumplir sus ordenanzas, para con nuestros semejantes y vivir una vida armoniosa, también para nosotros mismos y satisfacción personal.
Como está escrito: “Yo Jehová escudriño la mente y pruebo los corazones, para recompensar a cada uno según su camino y según el fruto de sus obras”. Por lo tanto, como enfatizara el gran maestro, “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; porque por el fruto se conoce el árbol.” Reconozcamos el verdadero valor; no de acuerdo o conforme con las apariencias, sino más bien lo que Dios espera de nosotros, lo que nosotros queremos ser y lo que los demás tienen derecho a esperar que seamos.
¡Dios los bendiga Rica y Abundantemente!

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