Al menos tres muertos y 70 desaparecidos al encallar un crucero en Italia

Era la primera cena a bordo. A las 21.30 del viernes, los 3.200 pasajeros y 1.000 tripulantes del Costa Concordia, un buque que había zarpado dos horas antes del puerto de Civitavecchia -a 80 kilómetros al noroeste de Roma- para realizar un crucero por el Mediterráneo, sintieron un fuerte impacto, un apagón momentáneo y el estruendo de los platos al caer. La voz del capitán -según el testimonio de Luciano Castro, uno de los supervivientes- intentó tranquilizarlos a través de los altavoces: “Solo se trata de un problema eléctrico”. Pero enseguida llegó una nueva orden: “Por precaución, diríjanse a los botes salvavidas”.
A partir de ese momento, según Mara Parmegiani, otra de las pasajeras, “se vivieron escenas propias del Titanic”. Afortunadamente, en esta ocasión el naufragio se produjo justo enfrente de la isla de Giglio, en el archipiélago de Toscana, y un buen número de pequeñas embarcaciones se acercaron enseguida para ayudar. Aun así, hay tres pasajeros muertos confirmados -aunque inicialmente se había informado de seis fallecidos- mientras que la Capitanía italiana ha confirmado que hay al menos 70 desaparecidos.
Según datos de la naviera, a bordo viajaban 188 españoles, siete de ellos tripulantes, y que, en principio, están todos a salvo. Previamente, el consulado español en Roma había informado a Efe de que en el crucero viajaban al menos 12 españoles.
A las dos de la madrugada, y mientras el barco seguía escorándose sobre el flanco de estribor, todavía quedaban entre 200 y 300 pasajeros esperando ser rescatados. Entre ellos, un buen número de niños. Según los testimonios recogidos por varios medios italianos, algo falló durante la evacuación pese a que el barco estaba encallado a un tiro de piedra de la isla de Giglio.
El armador -la compañía de cruceros Costa- emitió una primera justificación: “La posición de la nave está convirtiendo en extremadamente dificultosas las últimas operaciones de desembarco”. Mientras, en la isla, la población -unos 1.500 habitantes- se afanaba por socorrer a unos náufragos que casi los triplicaban en número.
La iglesia, el asilo de la parroquia, casas particulares y hasta el hotel Bahamas, que estaba cerrado por tratarse de temporada baja, puso sus habitaciones a disposición de los supervivientes. No solo muertos de miedo, sino también de frío: “Cuando el incidente, estábamos en la cena, y no teníamos mucha ropa encima. Y por supuesto no nos dio tiempo de abrigarnos…”, explica Parmegiani.
El Costa Concordia se dirigía al puerto de Savona (norte de Italia), y desde allí tenía previsto hacer escala en Palermo (Sicilia), Cagliari (Cerdeña), Palma de Mallorca, Barcelona y Marsella antes de volver a Civitavecchia.

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